También conocido como Francisco Pascasio Blanco Ávila, el artista de la viñeta falleció el sábado once de abril en la Habana con 90 años.

La influencia de Blanquito por el tebeo cubano fue tal, que el periódico La tribuna de La Habana emitió un lamento oficial al anunciar la noticia de su muerte el sábado 11 de abril en nombre de toda la prensa nacional. «La prensa cubana lamenta el fallecimiento de uno de los más prestigiosos caricaturistas del país: Francisco Pascasio Blanco Ávila a quien muchos recuerdan por sus historietas Ay, vecino que publicaba en Palante». Y es que, más allá de retratar la realidad que lo rodeaba con sus caricaturas, tenía un fuerte compromiso con el periodismo. Se graduó en la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling en 1958 y publicó su primer dibujo diez años antes en la revista Fotos. Años más tarde, en 1961, formó parte de la fundación de Palante, un semanario dirigido a cultivar las mejores expresiones del humor general, el costumbrismo y la sátira política.

Los lectores cubanos recordarán las viñetas de Ay, vecino, en las que dos hombres, uno gordo y el otro flaco, desde dos balcones coloniales, conversaban sobre la realidad actual del país. Así hacía periodismo este artista, quien comprendió que la sátira y el humor eran los mejores escudos para hablar sin censura. Recibió más de 40 premios en concursos, salones y bienales nacionales e internacionales. Destacan el Premio Nacional de Periodismo José Martí, en 2018 y la Distinción por la Cultura Nacional .Sin embargo, no llegó a alzarse con el Premio Nacional de Humorismo, a pesar de estar nominado hasta en cinco ocasiones.

Pero para Francisco Pascasio Blanco, «el premio mayor para un artista-dijo en otra entrevista a la periodista Flor de Paz- es que el público, o sea, para el que tú trabajas, te lo agradezca o con una palmadita en la espalda, o con un aplauso, o verlo publicado, eso es el mejor, ver tu obra y que la gente te la analice, te quedó bien o te equivocaste, porque tenemos derecho a equivocarnos también, todas esas cosas son las que hacen vivir la vida”, tal y como declaró para una entrevista de Cubaperiodistas.

Blanquito y el cómic periodístico

Francisco Pascasio Blanco Ávila fue caricaturista editorial del periódico El Mundo desde 1960, y dibujante de la agencia de noticias Prensa Latina en 1959. Fundó y fue editor de las revistas de historietas Cómicos, Pablo y Mi Barrio, y entre sus más recientes títulos están los libros Pequeño mataburros humorístico ilustrado, El Caballero de París, la leyenda que camina, Bolívar en Martí y 5 años, 5 meses y 5 días, estos dos últimos a cuatro manos con su hijo. Fue miembro fundador de la Unión de periodistas de Cuba, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.

Pero sin duda, uno de sus mayores trabajos fue en el semanario Palante. El nombre proviene de un slogan muy común en los años 60: Somos socialistas, pa’lante y pa’lante. El número fundacional ofrecía dos portadas; la del frente, de la autoría del dibujante Wilson, y la del fondo, de Adigio Benítez, dos de sus fundadores. Junto a El venezolano Gabriel Bracho Montiel (director), Juan Ángel Cardi, Luis Wilson (Wilson), Antonio Mariño (Ñico), Rafael Gregorio Díaz (Felo), Francisco Blanco (Blanco), Miguel González (Miguelito) y Gustavo Prado (Pitín), esta revista se propuso contar la historia de cuba de forma distinta.

Tira de Ay, vecino

Después de 1959, con el triunfo de la Revolución cubana, los humoristas del país comenzaron a crear un humor diferente al que había existido antes. Nacía un arte autóctono, comprometido con la causa de los humildes, al lado de la pequeña Isla y frente al peligroso vecino del Norte, que trataba (y aún trata) de apoderarse de Cuba. Un grupo de dibujantes y escritores de vanguardia, profesionales talentosos que procedían de otras publicaciones y algunos que surgieron al calor de las nuevas condiciones, se aglutinaron en un equipo.

Ha sido un permanente cronista de la vida del país. Palante se ha regido siempre por el principio de hacer un humor sano y constructivo, que evita la grosería, que no se mofa de los defectos físicos de las personas, ni busca la risa fácil exaltando las miserias humanas o irrespetando razas o nacionalidades.