Cuando yo vine al mundo, en 1942, los niños no nacíamos en los hospitales, como ahora sucede, sino en nuestros domicilios. Yo vi mi primera luz, en el popular Barrio de Salamanca, en el actual número nueve de la calle Febles Campos, una casa de dos plantas que todavía sigue en pie y en bastante buen estado. Mis primeros recuerdos infantiles se circunscriben por los alrededores de mi domicilio y en los paseos domingueros que, junto con mis padres, realizaba con destino al parque municipal, que a mí me parecía gigantesco y sugestivo, especialmente el enorme y fascinante minigolf, que siempre estaba muy concurrido. A la salida regresaba por el paseo de las tinajas, en cuyos interiores yo imaginaba se escondían Alí Babá y los cuarenta ladrones, después de ver la película del mismo nombre en el Cine Numancia.
Mi vida cambió y se hizo más emocionante cuando ingresé en el Colegio La Salle San Ildefonso, al que encontré en plena construcción del nuevo edificio, soportando durante años unas obras aparentemente interminables. En aquel tiempo, el afamado centro escolar era exclusivamente masculino y la plantilla docente estaba integrada por unos veinticinco Hermanos de las Escuelas Cristianas, entonces con sotana y su característico babero, además de cuatro profesores seglares. He de decir que la Institución educativa lasaliana era fantástica y nos dio, tanto a mí como a mis compañeros de pupitre, una esmerada formación con la que luego, todos nos defendimos muy bien por los avatares de la vida. Yo estoy muy agradecido a mis queridos e inolvidables Hermanos.
Por cierto, siguiendo la tradición de su abuelo, en estos momentos mi nietita Desirée es también complacida alumna del Colegio La Salle San Ildefonso.
Mis primeros paseos exploratorios por Santa Cruz, sin ir de la mano de mis padres, los hice con mi difunto compañero de curso Juan Manuel Garabote. Después de hacer ambos la primera comunión, con diez años de edad, nuestras respectivas madres reciclaron el traje de la solemne celebración eucarística y lo convirtieron en un uniforme de marino. Y así, a continuación de la preceptiva misa dominguera, vestidos de marineritos con nuestro flamante cuello, característico de los hombres del mar, íbamos caminando desde el Colegio hasta el puerto, deambulando luego por los alrededores de la Farola del Mar, de la Marquesina y del mismo muelle, ante la algazara de los tripulantes de los barcos atracados que nos saludaban alegres y divertidos.
Todas las jornadas lectivas, cuatro veces al día, lloviera, tronara o relampagueara, recorría el camino de ida y vuelta desde mi casa, junto al Puente Zurita, hasta el Colegio, por unas calles que me conocía a la perfección. Paradas obligatorias eran las de los carritos de golosinas para comprar alguna chuchería como, por ejemplo, un regaliz Zara para mojar luego en polvo de refresco o un rico bocadillo de chorizo, al que llamábamos “de perro”. Recuerdo con especial cariño el de Amadita la Petuda, cercano a San Ildefonso. Altos preceptivos eran también los de los cines (Price, Baudet, Cinema Vitoria, La Paz y Víctor) en donde contemplaba con fruición las carteleras y los fotogramas de las películas que se proyectaban en todos ellos.
En uno de mis reconocimientos de adolescente por los recovecos de la ciudad, en compañía de mi gran amigo y compañero de curso, el también fallecido y recordado cantautor Juvenal García, recuerdo el impacto visual que la contemplación del Templo Masónico nos produjo. Quedamos petrificados y estupefactos ante aquel extraño e impactante edificio del que no sabíamos nada y que ahora, por fin, está siendo restaurado.
En mi infancia y juventud, por Santa Cruz pululaban una serie de personajes populares, que estimo merecen ser rememorados. El simpático Pedrín, con su eterno “poputa” en la boca; el fascinante Venanceo, que te componía una poesía sobre la marcha si le dabas un óbolo; el visionario ruso Tovarishch Nikoski, siempre con un grueso bastón, que contaba unas historias de lo más fantasiosas; el tranquilo Guarapo, que vendía el dulce jugo que extraía de la savia de las palmeras que controlaba; el adalid Zuppo, que sabía dominar a las masas como nadie; y el siempre inquietante y escupidor Satán, del que nunca sabías por donde iba a salir. Todos ellos daban un típico sabor a aquel viejo Santa Cruz.
Yo compraba mis tebeos en el local de Doña Armanda, cercano al Cine Price, que exponía los colorines colgados en unas cuerdas con pinzas para tender la ropa, en el Estanco de la Francesa, sito en el Teatro Baudet, y en un pequeño local de la Plaza Militar regentado por una encantadora viejecita. En la Rambla de Pulido existía Música y Labores, un peculiar negocio que llevaba un hombre de muy baja estatura en el que, entre otras cosas, vendía y compraba tebeos de segunda mano. Allí localicé yo muchos números inencontrables para completar algunas de mis colecciones.
Podría seguir exponiendo durante horas mis recuerdos del antiguo Santa Cruz, capital que, con el paso de los años, he visto transformarse en una metrópoli maravillosa, limpia, verde, atractiva y plena de encanto.
Me considero un chicharrero de pro, cada vez más enamorado de mi ciudad, en la que siempre encuentro un nuevo rincón, un interesante edificio, una singular escultura, o un sugestivo acto cultural capaz de ampliar mi acervo formativo.
Así pues, después de cumplimentar el que yo considero un obligado canto de cariño hacia mi ciudad natal, creo que debo hablar de la razón por la que, fundamentalmente, he recibido la Medalla de Oro al Mérito Cultural de Santa Cruz.
Es decir, que voy a disertar brevemente sobre tebeos y, por ende, de mi página Historieta, una sección especializada en el universo del cómic, que este año ha cumplido 51 años de vida.

*** Dado que en mi infancia, durante los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo XX, no había televisión y el cine suponía una costosa distracción, los tebeos constituían en esos días mi mejor entretenimiento. Por aquella época, mis seriales predilectos dentro del género de aventuras eran: El Guerrero del Antifaz, Cuto, El Inspector Dan, Hazañas Bélicas, El Cachorro, El Capitán Trueno y El Jabato, entre tantos otros. En el apartado de humor me seducía la escuela que giraba alrededor de la revista TBO, además de las de las editoriales Bruguera y Valenciana, con dibujantes tan excelentes y recordados como: Benejam, Coll, Cifré, Escobar, Peñarroya, Jorge, Raf, Ibáñez, Gin, Karpa, Sanchis y un larguísimo etcétera.
En mi adolescencia había una regla no escrita por la que el paso a adulto llevaba consigo el dejar de leer tebeos que, por aquellos tiempos eran conocidos como colorines, denominación esta exclusiva de Tenerife. En lo que a mi respecta, nunca me doblegué ante tan disparatada norma. El mundo del tebeo siempre ha formado parte de mi identidad, algo de lo que me siento muy orgulloso ahora que ya he cumplido 82 años.
En los sesenta de la pasada centuria, yo escribía relatos cortos, habiendo recibido algunos importantes premios, tanto en concursos locales como nacionales. En 1972, mientras colaboraba con el recordado vespertino local La Tarde publicando cuentos y realizando artículos sobre Tenis de Mesa, mi deporte de toda la vida con 67 años consumados de práctica pimponística federada como jugador del Círculo de Amistad, el dinámico Andrés Chaves, que en aquel tiempo trabajaba en el periódico, me propuso que le presentara el esbozo de una sección, lo más atípica posible, para ser incluida en Sábado Especial, una separata que, por esos días, proyectaba publicar.
Entonces le planteé que podría hacer una página singular dedicada al mundo del tebeo, idea que a Andrés le encantó. Así pues, el seis de enero de 1973 aparece el primer número de Cómics, que permanece durante tres años y medio en La Tarde, hasta que, en junio de 1976, se traslada al Diario de Avisos, un periódico de la Palma que, en aquel momento, pasa a editarse en Santa Cruz de Tenerife, dirigido por un jovencísimo Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, que me ficha inmediatamente para el renovado rotativo. Por consiguiente, en la primera entrega del modernizado diario palmero-tinerfeño, sale a la luz mi página con el nombre de Historieta, denominación esta que se ha mantenido hasta ahora.
Desde sus comienzos, esta sección especializada ha descollado esencialmente por su apoyo y divulgación del tebeo patrio. Como segunda preferencia, mi interés se ha orientado hacia la historieta elaborada en el Viejo Continente, seguida de la estadounidense, especialmente de la Edad de Oro, y últimamente de la desarrollada por los actuales viñetistas independientes USA. Reconozco que muy poco interés me ha suscitado el cómic de superhéroes y el manga japonés, de los que he hablado tan sólo en contadas ocasiones.
Confieso estar muy orgulloso de los obituarios con los que he despedido a los historietistas fallecidos, como una póstuma ofrenda de admiración y respeto. Y también de las trescientas entrevistas que he realizado a los más ilustres dibujantes de cada momento, tanto españoles como extranjeros.
Los prestigiosos Premios Diario de Avisos de historieta española, decanos de su especialidad a escala nacional, que ya han llegado a su 47 edición, han significado igualmente una sobresaliente característica en la evolución de mi página.
He de reconocer asimismo el constante aliento que siempre he percibido de todos los directores que ha tenido el periódico, sin cuyo favor Historieta no hubiera podido mantenerse durante tanto tiempo. Así como, por supuesto, el apoyo recibido de los responsables de la empresa Diario de Avisos, ahora integrada en el Grupo Plató del Atlántico presidido por Lucas Fernández, cuya Fundación Diario de Avisos, por cierto, hace poco, me concedió el prestigioso Premio Taburiente por el medio siglo de mi página.
Y, por supuesto, mi mayor agradecimiento al alcalde José Manuel Bermúdez, un gran amante del cómic, que ha tenido la gentileza de hacer la correspondiente propuesta para que el Pleno del Ayuntamiento me haya otorgado la Medalla de Oro de Santa Cruz al Mérito Cultural. Sin olvidar, por supuesto, a Paco Pomares y Lucas Morales, máximos responsables de la Fundación Cine + Cómics por su interés para que esta importante distinción me haya sido finalmente concedida.
Por cierto, una fecha después del Día Nacional del Cómic, que se celebró ayer.
Un reconocimiento este que, ciertamente, considero extensivo al universo del tebeo patrio.
Gracias

Santa Cruz de Tenerife, 18 de marzo de 2024